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Fidel y la educación en Cuba

El reciente fallecimiento del líder revolucionario Fidel Castro abrió las compuertas a mares de tinta para interpretar el significado de su vida y de su muerte. Las crónicas periodísticas no han estado marcadas por la neutralidad sino por  la pasión o por el intento de leer, desde este presente tan oscuro, las claves interpretativas sobre su legado.

 Fidel y la educación en Cuba

No será este, no puede ser, un texto neutral. Se construye desde la honestidad y de cierta búsqueda de rigor analítico, y se refiere a los nexos entre Fidel y la educación en Cuba.

Comencemos señalando que muchos aspectos de la Revolución que forjó el pueblo cubano con Fidel al frente, contiene diversas facetas pedagógicas. En Cuba, la educación ha sido una prioridad que se evidencia a partir  de datos tan contundentes que ni siquiera sus más ácidos detractores pueden negar.

La rectora de la Universidad General Sarmiento, Gabriela Diker, aportó datos significativos en relación al modelo educativo cubano y brindó elementos históricos, contextuales y de política educativa que nos permiten dar cuenta del vínculo entre Fidel y la educación.

En 1959 sólo el 56% de las y los niños entre 6 y 14 años iba a la escuela, y entre los y las adolescentes entre 13 y 19 años apenas estaba incorporado al sistema educativo el 28%. El analfabetismo alcanzaba a un oprobioso 53% de la población concentrada en zonas rurales. Esta era la realidad educativa al  momento del triunfo del Ejército Rebelde.

En 1960, en la ONU, Fidel prometió librar la batalla contra el analfabetismo convocando al pueblo alfabetizado a protagonizar una campaña inédita que logró en apenas un año cumplir esa promesa que podía parecer desmesurada pero que no lo fue. La efectivizaron 400.000 alfabetizadores voluntarios, la mayoría jóvenes, algunos de los cuales fueron asesinados por bandas contrarrevolucionarias.

Existen otros resonantes triunfos en materia de democratización de la educación. En Cuba, todos tienen condiciones para estudiar todos los niveles educativos, incluido el universitario. Cantidad y calidad son aspectos de un mismo proyecto político educativo: no puede entenderse uno sin el otro.

La pedagogía hegemónica reivindica operativos estandarizados de evaluación , pero nosotros nos resistimos a la vulgata de la “calidad educativa” así entendida. La educación puede obedecer a una inspiración, una dirección, un contenido y un método radicalmente diferentes. Fidel dice: ”Esta es la hora de cultivar todas las inteligencias, esta es la hora de descubrir y de encender cuanta luz sea capaz de dar la inteligencia de cada compatriota nuestro, en la ciudad o en el campo.”

Pero si de resultados se trata – a nuestro pesar-, Cuba tendrá de todos modos unos méritos que deslumbran a los tecnócratas de ayer y de hoy. En 1997 UNESCO crea un Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Educación que “mide” el “rendimiento” escolar en lengua y matemática. Allí Cuba ocupa el primer lugar que retiene en 2006. Esta vez, sobre un máximo de 400 puntos, Cuba obtiene en promedio 350; en la región el promedio es de 250.

Los reconocidos logros de la educación cubana obedecen, según  Diker, a tres causas: a) los niveles de igualdad social extendidos en la Isla; b) el soporte presupuestario que llega al 14% del PBI, el más alto de la región; c) el “factor Fidel” que desarrollaremos adelante.

Diker se refiere al prolífico discurso pedagógico de Fidel, destacando especialmente su eficacia simbólica para orientar la educación que se propone profundizar el socialismo.

Si el país está empeñado en la construcción y despliegue de un orden radicalmente justo, la primera exigencia sobre el sistema educativo es formar a las jóvenes generaciones en la  impronta que reclama esta Revolución. La formación de personas solidarias, completas, desenajenadas, comprometidas con un proyecto colectivo resultan mandatos ordenadores de los procesos educativos en Cuba.

Para estos fines debe organizarse el Sistema Educativo Formal, pero hay un elemento pedagógico que lo rebasa, lo atraviesa y lo condiciona: es la nueva vida insuflada por el proceso de transformación integral de la sociedad.
Este ha sido un gran mérito de Fidel: el despliegue de un proceso de democracia protagónica y participativa que se expresa en la vida cotidiana de Cuba.

La Revolución Cubana se construyó sobre la base de una cultura deliberativa, y el mismo proceso se vio “autosometido” a procesos de revisión permanente permitiendo ver a la sociedad cubana como una sociedad que aprende y enseña, que desaprende y vuelve a aprender, que crea y ensaya, se equivoca, avanza y retrocede. Tal inmenso laboratorio cultural, político y fundamentalmente pedagógico viene revelando una eficacia contundente pues la Revolución, superando los más difíciles desafíos, no ha sido derrotada jamás en sus principios y sus convicciones. En las condiciones materiales más duras, el Pueblo Cubano supo sostener su opción soberana. Y esto sólo puede hacerse con una profunda labor educativa y autoeducativa, tal vez el elemento más relevante de lo que pudiéramos llamar la “educación cubana” y en la que Fidel, una vez más, tuvo que ver.

Otro aporte sustantivo de Fidel ha sido la difusión del legado martiano. Lo hizo en muchos sentidos, por supuesto, en primer término, en la insurgente y digna rebeldía antiimperialista. Pero también en muchos de los postulados pedagógicos del Apóstol. Recordemos, por caso, que José Martí proponía la idea de “maestros ambulantes” y consideraba que la sociedad debía educarse a sí mismo, encargando a cada adulto la tarea de enseñar. ¿Qué fue, sino esa idea central, la campaña de alfabetización que en 1961 hizo de Cuba un país sin analfabetismo?

Y un tercer elemento ha sido el carácter ético político que insufló el proceso revolucionario que siempre  tiene resonancias pedagógicas. Las nuevas relaciones sociales que generó la Revolución han sido tal vez el elemento más potente desde la perspectiva de la educación y la creación de una nueva sociedad. En tal sentido, la solidaridad, la igualdad, el internacionalismo, la dignidad configuran valores sustantivos del orden en permanente (re)construcción.

Por cierto, en el debe y el haber de los procesos transformadores habrá que contabilizar tensiones, contradicciones, errores, insuficiencias. Así ocurrió en Cuba, pues ¿cómo podría una obra humana carecer de límites?

Asumiendo tales obstáculos, los valores humanistas impulsados por la Revolución son una plataforma indispensable para comprender las razones por las cuales centenares de miles de maestros y maestras, médicos, médicas y el ejército  se dispusieron y se disponen a prestar sus servicios en lugares alejados e inhóspitos que reclaman una solidaridad efectiva. El listado resulta interminable y este dispositivo constituye un hecho educativo de profesionales cubanos y cubanas,  a favor de los más débiles cuyos derechos son vulnerados por un orden mundial fundado en la injusticia. En otro plano complementario, los Congresos Pedagógicos son modos valiosos de encuentro pedagógico emancipatorio. Estas y otras formas han expresado opciones latinoamericanistas e internacionalistas reconocidas en las más diversas latitudes.

Fidel concibe a la educación, pues, como una responsabilidad indelegable de la sociedad, del Estado y de él mismo. No cualquier educación, sino la mejor educación para todos y todas.

La continuidad del proceso cubano dependerá de la voluntad y la capacidad del pueblo cubano de defender su soberanía, su independencia, su modo de estar en el mundo. Y Fidel fue no sólo un avezado piloto de tormentas, un estadista, un político audaz sino un educador. Fidel expresa esa relación profundamente democrática del líder que habla y explica, que escucha y aprende, que imparte y conduce, pero sobre todo fundamenta, convence y se convence, asimila y acomoda la realidad y las formas de su transformación.

Sus sueños de justicia tuvieron, a la vez, un correlato innegablemente pedagógico. La Revolución Cubana fue y es, finalmente, aquello que pudo ser y puede ser en un mundo brutal y amenazante. Fidel y la educación han tenido un amoroso amarre emancipatorio que se expresó en trabajar incansablemente por una sociedad más justa y mejor, con los pies en la tierra y la mirada en las estrellas.

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