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Un Fidel que nadie olvida

Por Lisbet Penín Matos   

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Ante todo deseo pedir disculpas a todas las personas que leerán este trabajo, y principalmente a ti, pues por motivos de enfermedad permanecí unos días ingresada y alejada de muchos acontecimientos. Pero no por tarde, estas líneas recogerán sentimientos superficiales, sino que traen una historia que no puedo dejar de contar.

Justo ahora recuerdo a muchos de mis profes de la universidad. Muchos decían que dondequiera que uno esté, es periodista. No importa el lugar, las condiciones o las personas, uno debe actuar en consecuencia con su profesión, porque si la elegimos es porque sentimos un profundo amor y compromiso por ella.

Desde el día 26 de noviembre, los medios nacionales han reflejado, desde diferentes espacios, el sentir del pueblo por tu partida física. Tú que vibras en cada niño, en cada anciano, en cada joven, en cada cuban@. Yo diría, como muchos, que no te fuiste. Simplemente, creíste que tus hijos ya eran fuertes para caminar solos, y estás consciente de que serán fieles continuadores de tu obra, de tus principios y enseñanzas.

Imagino que me ocurrió lo que a muchas personas cuando están lejos de su hogar y apartados de su cama, y es que conciliar el sueño se torna un poco difícil. Ya el reloj avisaba que era la una de la madrugada. Entonces él entró. Su atuendo blanco podía distinguirse en medio de aquella oscuridad, y con suaves pasos se dirigió hacia la enfermería.

De pronto se escucha un inquietante: “¿Qué?” Era la voz del enfermero de guardia.

Rápidamente pensé: pasó algo grave, ¿algún paciente habrá tenido problemas?

Al unísono, comenzaron a hablar voces adormecidas de otras mujeres, que al igual que yo, estaban ingresadas en aquella sala del hospital.

Entonces, el visitante caminó hacia el interruptor y se encendió la luz. Después se paró en el centro, y dijo: “Muchachas, disculpen la hora, sé que muchas ya estaban durmiendo, pero tengo que decirles algo urgente”. El suspenso reinó por unos segundos…y sus ojos miraban el suelo.

“Fidel acaba de morir”. Fueron unas sentidas palabras. Parecía que le hubiese costado trabajo decirlo en voz alta. Y sí que debió ser difícil. Las interjecciones de duda, asombro, inconformidad, dolor… no se hicieron esperar; y a dos metros de mí, unas lágrimas corrían por el rostro de Odalys.

Muchas dijeron: “No lo puedo creer”, “Él estaba tan bien en agosto”, “Si es que hace unos días hasta salió en fotos con el presidente de Viet Nam”. Increíble resultaba, y hoy aún lo es.

El portador de la noticia volvió a intervenir: “Sí, es verdad, Raúl salió hace un rato y lo dijo públicamente. Si, acaba de morir Fidel, el Comandante en Jefe”.

Confieso que solo atiné a quedarme en silencio. Solo así podía asimilar aquella información y comprender aquella escena.

Entonces hubo un bajo murmullo, hasta que se apagó por completo, al igual que la luz. Esa noche, a pesar de la incomodidad por el suero, no pude dormir. Había recibido un golpe. En esos instantes mis pensamientos no descansaron, y mis ojos quedaron fijos hacia el techo en innumerables ocasiones. A esa hora solo deseaba que fuera una mentira como muchas otras veces, y verte al día siguiente en la televisión.

El sol ya asomaba sus primeros rayos. Como de costumbre todas nos levantamos. Pero esa mañana fue distinta. Normalmente la algarabía y el ajetreo dominaban la sala. En ese momento, todo era silencio, un silencio de respeto, de sufrimiento, de vacío.

Encendimos el televisor. La noticia fue vista y comprobada; el General de Ejército así la anunciaba.

Miré las caras de todas las mujeres. Entre todas la mayor era Odalys, pero todas somos hijas de esta Revolución y conocedoras de tu historia. Yo, periodista al fin, esperaba entrevistar a algunas, descubrir los sentimientos que habían aflorado en esos momentos en que ya no te veríamos físicamente. Y es que todas estábamos acostumbradas a ti; acostumbradas a tus palabras, tus reflexiones, tu ímpetu, tu sabiduría, tu capacidad para profetizar qué pasaría, tu habilidad para tomar el camino correcto y tus innatas cualidades de líder.

Pero Odalys comenzó a hablar. Miraba aquella pantalla y sus ojos se perdían en tus fotos. Dijo que te había conocido, que te había tenido cerquita. ¡Qué afortunada!

“Yo conocí a Fidel en Moa. Yo soy de allí” dijo y rompió la calma.

“Recuerdo que en el pueblo repartían leche, en los litros, para los niños. Una de esas veces él estaba. Todas las mujeres nos pusimos contentas por verlo, siempre tan imponente y sencillo al mismo tiempo. Entonces, le preguntó a la señora que repartía: ¿y qué hacen ustedes con la leche que sobra?

“La mujer lo miró y le dijo: Comandante, la leche que sobra, se vuelve a repartir entre las personas. Y él dijo: ¡Ah! ¡Sí, sí, porque esa leche es para el pueblo!

“Entonces, él empezó a caminar por todo aquel lugar y nos saludó a todas con un beso. Imagínense, Fidel me dio un beso”.

A nuestros rostros llegaron las sonrisas, entonces comprendí que ese no era un momento para llorar por tu partida, sino para hacerte presente.

Odalys continuó: “La cosa cómica fue cuando llegué a mi casa, porque llegué con tremenda contentura. Le dije a mi familia: ¿a qué no saben qué hombre me besó? Me hicieron gesto de que no sabían. Entonces les dije: Me besó Fidel, y no me voy a lavar la cara”.

Ya se escuchaban las carcajadas. Y sí, eso es común en l@s cuban@s. Cuando les dabas la mano, les tocabas la cabeza, les dabas un beso, decían que los habías bendecido. Fuiste una bendición para este pueblo. Agradecemos que nacieras cubano, que entregaras tu vida por construir un futuro diferente, que sembraras la semilla de la dignidad, que dieras tanto valor a los niños, a las mujeres, a los negros, a los ancianos.

Yo hubiese querido tener el privilegio de Odalys. Pero te voy a confesar una cosa, creo que el simple hecho de saber que existes es suficiente, porque me permitiste ser profesional, me diste salud y educación, me transmitiste valores y convicciones que no son negociables, me enseñaste a amar a Cuba y a sentirme orgullosa ante el mundo entero de ser cubana.

¡Gracias Fidel! Hoy, en medio de canciones y consignas te aclama tu pueblo, ese pueblo, que agradecido, siempre te acompañará y te sabrá eterno. Por eso, aunque tarde, no podía dejar de escribirte y de contarte el recuerdo que Odalys tiene sobre ti, pues sería inconsecuente con mi profundo compromiso y con mis sentimientos.

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