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Los Fidel y Raúl de hoy y de mañana

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«Ahora nos queda un gran desafío», le escuchamos decir el pasado día 27 a Eusebio Leal Spengler. Sus emotivas palabras, y en particular esa frase, ante el ágora parlamentaria, que es también la de la nación porque en ella están los representantes del pueblo, se conectaban historiográficamente con la propia génesis de la Revolución.

Tan temprano como el 8 de enero de 1959, escoltado por palomas blancas, al invicto Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz le salió del pecho y de su visionario pensamiento que «No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizá en lo adelante todo sea más difícil».

Han sido 58 años de arduo batallar, no contra quijotescos molinos, sino frente a auténticas y poderosas fuerzas, cuyo objetivo —todavía hoy— ha sido aniquilar a esta Revolución. ¿La razón? Desaparecer de los anales de la historia una de las páginas más humanas que ha conocido nuestro sufrido planeta. Ese es el pecado y la causa de los peligros que la siguen amenazando.

Ya no está Fidel físicamente, pero sí sus fieles soldados para enfrentar el desafío al que se refería Leal. Ha jurado la renovada tropa hacer cumplir el concepto de Revolución de su líder, en el cual ha leído, y la historia lo ha probado, que es «convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas». El reto es grande, sí. Pero así de grande es también el compromiso.

La Asamblea Nacional lo reflejó el mismo día 27. Debatió sin cortapisas los problemas que nos lastran, desde el robo hasta la ineficiencia; exigió responsabilidad, control efectivo en cada rincón del país para velar por los recursos del pueblo «empezando por los que dirigen», afirmó su presidente, Esteban Lazo Hernández. Un Parlamento que combate no por el poder, sino por el bienestar de quienes lo eligieron, da confianza y garantía en el futuro de la Revolución.

Cuando se analiza allí el presupuesto del Estado y el curso de las finanzas pasa por privilegiar a la educación, la salud, la ciencia, la seguridad y la asistencia social, el deporte, el subsidio a los más necesitados, o lo destinado para asegurar la alimentación del pueblo, que sobrepasan los 1 750 millones de dólares, 82 millones más que lo estimado para el 2016, se respira la misma garantía.

Ver al Presidente del país, a sus ministros, a sus generales, a los dirigentes del Partido fundidos con el pueblo, organizando, disponiendo de cada recurso material y compartiendo los momentos más difíciles del azote de un devastador huracán como Matthew, los días 4 y 5 de octubre pasado, como ha sido siempre, da también confianza en la continuidad de la Revolución; como lo expresaron los guantanameros de Maisí, Baracoa, Imías, Yateras y San Antonio del Sur, y los holguineros de Moa, territorios que no tuvieron que lamentar la pérdida de ninguno de sus hijos. Y todavía lo es más cuando la palabra empeñada comienza a transformar la desolación que provocaron los vientos y el mar.

Tener a Raúl se traduce en seguridad, continuidad revolucionaria. No porque se apellide Castro, sino por el ejemplo, por la misma fe en la victoria que su hermano, por su sensibilidad, por su forma de creer en la fuerza del pueblo. Por el soldado asignado al Palacio de Justicia el 26 de julio de 1953 que se ganó el liderazgo, porque le puso el pecho a las balas; por el Segundo Frente Guerrillero Frank País, modelo de organización y previsión social en condiciones de guerra. Por esas Fuerzas Armadas Revolucionarias, centinelas de la vida de la Patria. Pero también por su confianza en la juventud.

Sí, esta es una Revolución fidelista y raulista. Ambos, asidos a la prédica martiana, han sabido legar que solo la unidad del pueblo nos hace invencibles y que esta es realizable con el único heredero del legado de su líder, el Partido, tal como lo vio Martí. Por eso en la oratoria de Leal se lee «Fidel es el autor de la unidad nacional». Y Raúl hace ya 57 años, el 5 de septiembre de 1959, con claridad en el futuro se adelantaba a lo que hoy se nos convierte en bandera y arma más poderosa de la Revolución: «Fidel está dondequiera que se trabaje, Fidel espiritualmente está dondequiera que la Revolución avance. Fidel está dondequiera que una intriga se destruya, dondequiera que un cubano se encuentre laborando honradamente, dondequiera que un cubano, sea el que fuere, se encuentre haciendo el bien, dondequiera que un cubano, sea el que fuere, esté defendiendo la Revolución, allí estará Fidel».

A punto de entrar en el año 59 de la Revolución que dignificó a esta Isla, la gran responsabilidad de esos cubanos que entonces mencionaba Raúl está en los jóvenes. Son ellos los que, así como Fidel y sus compañeros no dejaron morir a Martí en el año de su centenario, han de impedir que se apague la llama, el ejemplo para el mundo de moral, ética y humanismo de esta obra. Fidel tenía 26 años cuando asaltó a la historia frente a los muros del Moncada, Raúl 21. El hoy ministro de las FAR Leopoldo Cintra Frías, tenía solo 17 en la batalla de Guisa; Frank País no había cumplido 23 cuando ofrendó su corta pero pletórica vida por nosotros.

Revolución significa cambio. Aquellos lo alcanzaron para entregarnos un país libre, soberano, donde se privilegia el derecho a la vida. A los Fidel y Raúl de hoy y de mañana ya se les ve orgullosos con la ardua misión de renovarse dentro de esa obra, para que ella siga conquistando, creando, desarrollándose. Tienen las herramientas del conocimiento, el dominio de las nuevas tecnologías, que no poseían sus predecesores. Y cuentan, además, con las ricas tradiciones de lucha del heroico pueblo donde nacieron, al que han jurado no fallarle jamás.

 

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