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¡Qué continúe el desfile de los agradecidos!

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La Patria toda está llena de agradecidos. Así ocurre con el niño que allá, en lo alto de la montaña, en ese lugar que se identifica como Plan Turquino, salvó su vida gracias a la medicina, que por ideas de Fidel llegó hasta allí, al mismo sitio donde antes de 1959, no había ni médico, ni enfermera, ni consultorio y mucho menos hospital.

La historia anterior al triunfo revolucionario lo recoge en fotos. Los muertos cargados en parihuelas para ser enterrados en el llano, donde había algún cementerio. O los enfermos que, a pesar de su gravedad, solo podían ser llevados hasta el pueblo de la misma forma o a caballo o mulos y luego la distancia y el tiempo de recorrido quizá no permitían que llegaran con vida.

Ahora acompañan la Revolución, los agradecidos del campo cubano; los que tuvieron como primera medida protectora la reforma agraria; los que recibieron tierras y créditos. Los que tuvieron acceso a la escuela y a la medicina, beneficios ambos llevados hasta la más apartada comunidad.

Agradecido es el obrero, el trabajador que desempeña un oficio, el técnico y el profesional. Muchos de ellos solo conocen por la historia que en esta Patria había altas cifras de desempleados, de hambrientos o mal alimentados; de enfermos que no tenían adónde acudir por falta del dinero para pagar su atención.

Agradecida es la mujer cubana. La joven que tiene garantizados sus estudios gratuitos hasta la Universidad. La que hoy viste de médico, enfermera, ingeniera, diseñadora, operaria de las más complejas tecnologías. La que se sabe parte del programa que se desarrolla con el turismo, con la biotecnología, la ingeniería genética y demás ramas del saber que nos hacen hoy un país de ciencias por el que siempre apostó Fidel.

Agradecidos —y mucho— los jóvenes que portan los estandartes de la Patria, los que se saben parte del proceso y se preparan cada día para conducirlo en lo adelante.

Qué decir de ese joven soldado u oficial que guía un tanque no para provocar guerras sino para luchar por la paz. El artillero que aprendió a combatir a la par con sus estudios. El oficial, coronel o general que ha obtenido sus merecidos grados aportando y combatiendo en la nueva batalla: la garantía de la paz.

Los agradecidos de este mundo, los que en este fin de año alumbran sus altares o alzan sus copas para brindar por Fidel, tienen por delante el compromiso con el Comandante de hacer de cada día, cada hora y cada minuto de sus vidas, un momento de acción para llevar hasta rumbo seguro esta gran obra, con sus logros y reveses, como toda obra realizada por seres humanos.

Junto a los millones de aquí, de la Patria, están otros muchos millones que en todos los rincones del mundo acompañan a la Revolución Cubana.

Cabalgan agradecidos junto a Fidel los africanos, ya fuese por haber sido liberados del yugo del apartheid cuando el racismo se había instalado en Sudáfrica, o los que hoy son independientes en Angola, Namibia y otros países de esa región gracias a la sangre y el sudor de los miles de cubanos que combatieron junto a ellos o que levantan el futuro, compartiendo planes, salvando vidas, enseñando en escuelas.

Ya como jinetes en sus corceles o despojados de sus riendas en medio de un auge neoliberal, también cabalgan los pueblos de América Latina y el Caribe. Allí alzan sus brazos los que salvaron sus ojos gracias a una Operación Milagro creada por Fidel. O los que han vuelto a la vida con la atención de miles de médicos, especialistas, enfermeras y técnicos cubanos llegados hasta los más inhóspitos y remotos lugares de esta región, en muchos casos donde nunca antes se conoció un médico y mucho menos un hospital.

Los que ahora en Bolivia, Venezuela, Haití y otros muchos países han aprendido a leer y escribir gracias al genio de Fidel cuando creó el programa Yo, sí puedo, son agradecidos de este mundo, de esos que han comenzado a andar por la vida no como ciegos de mente y conciencias, sino como personas de bien que en muchos casos han seguido sus estudios y hoy son técnicos, profesionales universitarios, maestros.

De esa forma, en cualquier lugar que nos encontremos, los agradecidos sabremos continuar la marcha junto al corcel del Comandante.

No importa que físicamente no lo veamos con las bridas en sus manos. Lo real es que con ellas conduce hacia la victoria, no solo de la Cuba que tenemos, sino también de la gran América por la que tanto luchó.

La orden está dada, la dio Fidel. Que continúe el desfile de los agradecidos que lo acompañan.

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