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#Cuba y la coartada humanitaria (+Video)

El capitalismo todo lo que toca lo convierte en mercancía, hasta el riesgo de muerte. Así ha sucedido con las huelgas de hambre

Madeleine Albright, quien justificó los bombardeos a Yugoslavia, también contrata y paga a provocadores y mercenarios en Cuba en La Habana
Madeleine Albright, quien justificó los bombardeos a Yugoslavia, también contrata y paga a provocadores y mercenarios en Cuba en La Habana

Madeleine Albright, quien justificó los bombardeos a Yugoslavia, también contrata y paga a provocadores y mercenarios en Cuba, aupados, además, por el Encargado de Negocios de la embajada de Estados Unidos en La Habana Foto: Granma

El capitalismo todo lo que toca lo convierte en mercancía, hasta el riesgo de muerte. Así ha sucedido con las huelgas de hambre.

Los nacionalistas irlandeses hicieron del ayuno voluntario un arma de lucha contra la dominación británica, ejemplo al que acudiera el líder comunista cubano Julio Antonio Mella en su enfrentamiento a la dictadura pronorteamericana de Gerardo Machado.

Mella, de madre irlandesa, había asumido como decidido ejemplo al alcalde de la ciudad surirlandesa de Cork, Terence MacSwiney, fallecido en un ayuno voluntario en 1920, tras ser condenado a cárcel por conspirar a favor de la independencia. Pero el que fuera método anticolonialista y de las luchas populares y antimperialistas ha devenido, gracias  al control imperial  sobre los medios de comunicación, en instrumento propagandístico fraudulento para, como coartada humanitaria, dañar la imagen de gobiernos que no son del agrado de los dominadores de este mundo.

Así, leemos a ese luchador anticolonialista y por los humildes que es el señor Luis Almagro declarar apoyo a su colega, como el empleado del gobierno estadounidense, que dice estar en huelga de hambre mientras la televisión cubana lo exhibe recibiendo, clandestinamente, abundantes cargas de comida. Almagro, que sabe que sus empleadores son los padres del terrorismo de Estado en todo el planeta, habla, a propósito de su colega, del «terrorismo de Estado» del Gobierno cubano, casualmente en vísperas de que el State Department publicara un informe acusando, sin prueba alguna, a Cuba de torturas y ejecuciones extrajudiciales, mientras respalda a los que disparan a los ojos de los jóvenes chilenos y asesinan con frecuencia escalofriante a luchadores sociales en Colombia. Que lo haga el gobierno cuyo Presidente fue segundo al mando de un ejecutivo que mantuvo abierto un penal sin ley en Guantánamo, inauguró los asesinatos por control remoto mediante drones, ejerciendo simultáneamente como tribunal y verdugo, y cuya Secretaria de Estado expresó, entre risas, «fui, vi y murió», al conocer el descuartizamiento del líder libio Muamar el Gadafi, es un detalle menor, digno de aparecer como nota al pie en la Enciclopedia Universal de la Infamia.

Semanas antes, otra «huelga de hambre», a la que sirvió como chofer y titiritero el Encargado de Negocios de la embajada de Estados Unidos en La Habana, exigía la libertad de alguien que proclama con orgullo pertenecer a los «Lobos solitarios», una organización que desde Miami ha financiado actos terroristas en Cuba contra escuelas y otras instalaciones sociales. Ahora sabemos que aquellos «huelguistas», lejos de poner en peligro sus vidas, solo aumentaban el grosor de sus bolsillos. Un contrato de mil dólares mensuales para su líder, desde el Instituto Nacional Demócrata, que dirige con dinero federal estadounidense la halcona Madeleine Albright, ha salido a la luz pública también en la televisión cubana, pero la prensa que se dice libre e independiente no puede abordar el tema. Tampoco pueden referirse a los dos asuntos que cohesionan a los cubanos por estos días: el reclamo de que la nueva administración norteamericana elimine el bloqueo económico junto a las más de 240 medidas con que el  gobierno de Donald Trump lo recrudeció, y el orgullo por el desarrollo de cinco candidatos vacunales propios contra la COVID-19.

La construcción de una coartada humanitaria para justificar una intervención militar, reclamada a voz en cuello por otro de los falsos huelguistas del pasado noviembre en La Habana, tiene en la gestión de la Señora Albright una amarga memoria. Fue ella, desde el gobierno demócrata de Bill Clinton, la Secretaria de Estado que justificó, con manipulaciones y mentiras, el extenso bombardeo de la otan contra Yugoslavia, que costó miles de vidas civiles y se ensañó con objetivos tan criminales como hospitales, plantas de televisión y embajadas. Al mando de la santa alianza atlántica estaba entonces otro militante demócrata, más exactamente socialdemócrata, el español Javier Solana, que en su rol de canciller ibérico fuera partero de una operación de guerra cultural contra Cuba, al crear y financiar, junto a la Open Society Foundation, la National Endowment for Democracy y la Ford Foundation, la fenecida revista Encuentro de la cultura cubana. 

Ahora, en Cuba, en nombre de la cultura y a las puertas del Ministerio homónimo se ha pretendido defender a contratistas de Albright y los «Lobos solitarios», y la «prensa libre» les oculta a sus lectores los hilos sobre el tablado. Nada casual que en la tarea se hayan destacado los herederos de Solana y Encuentro de la cultura cubana, que con auspicio de Open Society y del gobierno noruego del socialdemócrata Jens Stoltenberg, actual Secretario General de la otan, integraran el también fenecido «laboratorio de ideas» Cuba Posible. Con una fugaz Articulación plebeya buscaron convertir la farsa de San Isidro en revolución de terciopelo y parir un remake extemporáneo de Carta de los 77, en el mejor estilo de la checoslovaca, tierra natal de la Señora Albright. Sin embargo, en este país, lo humanitario no es coartada. A pesar de deficiencias, bloqueos y desafíos, lo atestigua una palpable realidad: está en los miles de cubanos salvados de la COVID-19 por una tasa de letalidad que es varias veces menor que la del país que financia falsos huelguistas de hambre, en los miles de médicos que han viajado a otras tierras para ofrecer su trabajo solidario, en el científico que roba horas y horas al descanso para derrotar la pandemia y la guerra económica. Esa guerra que los falsos huelguistas de hambre dicen no existe, pero –en nombre de los derechos humanos– piden se recrudezca aún más.

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