Deja un comentario

Trumpismo, antes y después de Trump

Foto: Archivo.

Sobre Donald Trump no podemos hablar en pasado. Aunque hace más de ocho meses dejó de ser presidente continúa siendo una presencia permanente en la política de Estados Unidos. Acapara titulares, escandaliza con declaraciones, respalda a ciertos candidatos y todavía moviliza a sus seguidores. Sus palabras tienen consecuencias. Quienes pensaron que Joe Biden borraría de un plumazo la pesadilla de los últimos años, subestimaron las raíces profundas que sostienen al llamado Trumpismo.

Pero, ¿qué es el Trumpismo exactamente? ¿Es solo la influencia directa de Trump?, ¿una ideología política?, ¿una etiqueta añadida por los medios de comunicación? Es uno de esos términos que escuchamos una y otra vez sin que exista una definición clara sobre lo que representa.

“Es posible que hayamos derrotado a Trump, pero el Trumpismo no está muerto en este país”, dijo hace pocos días el gobernador demócrata de California, Gavin Newsom, al salir victorioso de un referéndum que buscaba revocar su mandato. Los votantes debían responder dos preguntas. ¿El gobernador debe ser destituido de su cargo? Y de ser así, ¿quién debería ocupar su lugar? Si la mayoría votaba que “sí” en la primera pregunta, el candidato más votado en la segunda lo reemplazaba, incluso si recibía una cantidad mínima de votos.

La boleta electoral presentó 46 candidatos que buscaban ocupar su puesto. El favorito era el comentarista de radio Larry Elder, quien tuvo el respaldo de Donald Trump, que llegó a decir que las elecciones estuvieron amañadas. Mientras, Newsom hizo campaña junto a algunas de las principales voces del Partido Demócrata, incluido el presidente, Joe Biden, y la vicepresidente, Kamala Harris. Muchos vieron esa elección como un referéndum al propio Trump. La buena noticia para los demócratas es que no ganó; la mala, que sus ideas y acusaciones de fraude siguen presentes. California continúa siendo un bastión demócrata, pero hay otros estados donde se ve claramente que la influencia del ex presidente crece sobre todo a nivel local.

Recientemente, el republicano Anthony González, representante al congreso por Ohio, anunció que no buscará la reelección en los comicios de medio término de 2022. Cederá su escaño después de solo dos mandatos, en lugar de competir en las primarias contra un oponente respaldado por Trump. Por cierto, esto tiene interés para Cuba pues González es uno de los congresistas cubanoamericanos que apoyan el mantenimiento y reforzamiento de las sanciones de Estados Unidos contra nuestro país. Aunque la posibilidad de tener a otro trumpista en el Congreso podría llevar más a la derecha a ese órgano legislativo.

González había celebrado en gran medida la agenda del ex presidente. Sin embargo, comenzó a distanciarse de Trump y los líderes de su partido cuando intentaron bloquear la certificación del voto presidencial el año pasado, y más aun después del asalto al Capitolio el seis de enero. Fue uno de los 10 republicanos de la Cámara que votaron a favor del segundo impeachment, y eso le está pasando factura. “Uno fuera, 9 más por irse”, dijo el propio Trump en un comunicado.

Después del asalto al Capitolio no estaba claro si los políticos republicanos, incluyendo a los líderes del partido, tomarían distancia de Trump y lo que él representa. A estas alturas las dudas se han disipado. Todavía es una figura con la que tienen que contar y los estudios de opinión pública lo demuestran. Ahora mismo es el claro favorito para ganar la nominación presidencial republicana en 2024 si decide montar otra candidatura, según una encuesta de Harvard CAPS-Harris Poll publicada en exclusiva para The Hill.

Casi 6 de cada 10 votantes republicanos encuestados, el 58 por ciento, dicen que votarían para que el ex presidente volviera a la boleta electoral. Por supuesto, aún faltan años para eso y hacer pronósticos ahora es un ejercicio inútil. La mirada a corto plazo está puesta en las elecciones de medio término de 2022. Trump no deja de hacer campaña; ha respaldado a unos 40 candidatos en 23 estados para las primarias republicanas y ya se vieron las primeras consecuencias en Ohio. No en vano algunos consideran que la elección de 2016 marcó el comienzo de un nuevo Partido Republicano.

Puede que esa afirmación tenga una cuota de validez, pero deja fuera fenómenos que en realidad son anteriores. El Trumpismo es una etiqueta añadida a algo que precede a Trump y que él y sus asesores supieron capitalizar. A él, como figura, lo han acusado de muchas cosas, desde excéntrico hasta paciente psiquiátrico, para presentarlo como algo fuera de lo común y de paso atribuirle todos los males de los últimos años. Es más fácil eso que admitir que en realidad no es un personaje único en la política estadounidense y las ideas que defiende cuentan con el respaldo de millones de personas.

Más allá de las características propias del sistema electoral que hicieron posible su victoria, Trump supo movilizar sentimientos muy arraigados, algunos de los cuales los acompañan desde la fundación del país: racismo, nativismo, xenofobia, fundamentalismo religioso, individualismo a toda costa. Además, cuando se sitúa su elección dentro de un contexto global refleja el aumento y cristalización de movimientos populistas de derecha. En el caso específico de Estados Unidos sazonados no solamente con los efectos de la crisis económica sino de su crisis de hegemonía. Si entendemos eso, entonces no es tan sorprendente la influencia que todavía tiene en la vida política. El Trumpismo –su sistema de ideas– es anterior a Trump y lo trasciende.

De acuerdo con una encuesta de CNN, el 36 por ciento de los estadounidenses considera que Biden no obtuvo legítimamente los votos suficientes para ganar el pasado noviembre. Por un lado, eso significa que la mayoría cree que ganó; pero por otro, una minoría de un tercio en un país de más de 330 millones de  habitantes no es una cifra despreciable. Y ya vimos los efectos que eso puede tener en hechos como el asalto al Capitolio.

Trump validó el ejercicio de la violencia para demostrar el descontento con las instituciones. Recordemos también los sucesos de Charlottesville, Virginia, en 2017, cuando supremacistas blancos y simpatizantes neonazis arremetieron contra manifestantes en medio de una polémica sobre las estatuas de oficiales Confederados. En aquel momento el entonces presidente condenó “la violencia de ambos lados”, con lo cual de hecho legitimó a los grupos de odio.

¿Significa que todos sus seguidores son violentos, racistas o xenófobos? No podemos asegurarlo. Pero sí que se trata de ideas con raíces profundas en Estados Unidos. A pesar de ser un país formado por inmigrantes de diversos orígenes, muchos estadounidenses han sido hostiles hacia los recién llegados, una postura que se conoce como Nativismo y que el historiador John Higham define como una intensa oposición a una minoría debido a sus conexiones extranjeras. En el siglo XIX los nativistas culpaban a los inmigrantes del crimen urbano, la corrupción política y el consumo excesivo de alcohol, de desplazar de los puestos de trabajo a los nacidos en Estados Unidos porque aceptaban trabajar por menores salarios. Son argumentos que se han repetido a lo largo de la historia.

El racismo ha sido también una constante. Casi un siglo y una Guerra Civil pasaron entre la Independencia y la Abolición de la esclavitud. Luego, otros cien años de discriminación institucionalizada hasta que en 1964 se aprobó la Ley de Derechos Civiles y en 1965 la Ley de Derecho al Voto. Incluso sus legislaciones migratorias han estado marcadas por ideas racistas. Muchos se sorprendieron cuando Trump prohibió la entrada al país de personas de ciertos países de mayoría musulmana; pero es que entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX Estados Unidos tuvo prohibiciones de entrada para grupos de inmigrantes asiáticos, especialmente procedentes de China.

El Trumpismo es una reacción a cambios estructurales en la sociedad estadounidense, desde transformaciones económicas y demográficas hasta algunos derechos ganados por las minorías en décadas anteriores. Fenómenos como la desindustrialización, la pérdida de empleos asociada y la decadencia de la clase media, hacen que ciertos sectores culpen a los inmigrantes y minorías por su pérdida de estatus. Al mismo tiempo, parte de ese descontento se articula desde la derecha evangélica, aunque los fenómenos que lo condicionan sean socioeconómicos.

Con el Trumpismo ha crecido el evangelismo, que en Estados Unidos tiene una historia muy particular. No se trata de un tema exclusivamente de fe, sino de un grupo religioso mayoritariamente blanco vinculado a ideas específicas sobre raza, género, moral, e incluso política exterior. Según las últimas cifras del Pew Research Center –un tanque pensante con sede en Washington DC– entre 2016 y 2020 el número de adultos estadounidenses blancos encuestados que se identificaron como evangélicos aumentó del 25% al 29%. En general, el 59% de los votantes que asisten con frecuencia a los servicios religiosos votaron por Trump, mientras que el 40% eligió a Biden.

Hay ataques muy agresivos contra algunos derechos sociales. Pensemos, por ejemplo, en la ley que recientemente se aprobó en Texas que prohíbe la interrupción voluntaria del embarazo más allá de las primeras seis semanas de gestación, incluso en casos de violación. La Corte Suprema se negó a bloquear esa medida, en una apretada decisión de 5 contra 4. Eso también es un legado de Trump, si recordamos que tres de los nueve jueces que la integran fueron nombrados por él. Ahora existe el peligro de que legislaciones similares se aprueben en otros estados dominados por los republicanos.

Asimismo, el Trumpismo está conectado con movimientos de base de derecha. Aunque podríamos revisar más atrás en el tiempo, dos fuerzas recientes no pueden quedar fuera del análisis. Por un lado el Tea Party, que en las elecciones legislativas del año 2010 logró colocar algunos de sus representantes tanto en la Cámara como en el Senado. La otra sería la llamada Alt-Right (o Derecha Alternativa), conectada con posiciones extremistas de nacionalismo blanco. A esa última y sus peligros para el mundo dedicaré un próximo comentario en este espacio.

El Trumpismo no nació con Trump y no se irá con él. Su sorpresiva victoria electoral en noviembre de 2016 y sus cuatro años de gobierno visibilizaron un grupo de fenómenos que ya estaban ahí. El peligro ahora es que de no resolverse las causas que lo originaron corremos el riesgo de repetir la dosis en 2024, ya sea con él o con alguna otra figura que represente el mismo sistema de ideas.

Tomado de Cubadebate

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: