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Cuando el Apóstol creció, inmortal

Foto: Roberto Fabelo

Cuentan que aquella jornada funesta del 19 de mayo de 1895 no hubo destino más cierto para el Apóstol de la independencia que la hermosa premonición de su sacrificio por Cuba, escrita con hondo lirismo: «Mi verso crecerá bajo la hierba y yo también creceré».

Ese día vistió inusualmente de civil, con chaqueta oscura, corbatín y pantalón blanco. En su pecho –como insignia del decoro mambí– llevaba la escarapela de Carlos Manuel de Céspedes, y como escudo del corazón, el retrato de María Mantilla, «la niña amada». 

Su figura, casi solemne sobre el caballo Baconao, inspiraba respeto y admiración. Iba con la frente descubierta y la mirada como irradiando luz. Martí se dirigía al encuentro con la inmortalidad.

«Al pasar entre un dagame seco y un fustete corpulento caído, los disparos de los emboscados dieron en el cuerpo del Maestro, la luz cenital lo bañó, soltó las bridas del corcel, y su cuerpo aflojado fue a yacer sobre la amada tierra cubana (…) Había acontecido la catástrofe de Dos Ríos». Así narró el historiador Rolando Rodríguez el mortal desenlace del más universal de todos los cubanos.

Huérfana la Revolución de su guía intelectual, esa noche no fue preciso tocar silencio entre las tropas mambisas. «La Patria en armas estaba de luto». Mientras, con amarguísimo dolor, Máximo Gómez registraría en su diario: «Ya nos falta el mejor de los compañeros y el alma, podemos decir, del levantamiento».

Cómo no vibrar entonces ante el ejemplo de resolución y bravura de quien se había echado sobre sus hombros la preparación de una guerra necesaria, para acudir luego a la manigua entre los primeros, y no al amparo protector que quisieron darle en la retaguardia.

Cómo no reverenciar al Delegado resuelto que, antes de llegar a Dos Ríos, recorrió (una parte a pie y otra a caballo) más de 300 kilómetros con los zapatos desechos y una mochila donde cargaba cien tiros, medicamentos, libros, un revólver y su propia ropa.

Y cómo no honrar al Hombre de La Edad de Oro que al morir llevaba, como marcas de vida, la huella de un grillete y los agobios causados por su suelo oprimido, con el único anhelo de abrazar la libertad y tener en su «tumba un ramo de flores y una bandera».

Es por ello que, 127 años después, Dos Ríos nos recuerda que allí habita, en realidad, la sobrevida de un hombre más inmenso que su tiempo. Un Martí que en el presente de su pueblo aún cabalga al frente de cada combate actual.

Autor:  Mailenys Oliva Ferrales | internet@granma.cu

Tomado de Granma

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