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José Martí: la posibilidad permanente

El ideario de José Martí no es un recetario. Es uno de los peligros cuando uno se posiciona ante el inmenso caudal de una obra que cubrió un amplísimo espectro temático, con singular hondura. Se escucha muchas veces aquello de que Martí escribió de todo. Y —asumiendo las probadas credenciales del intelectual y el patriota— se tiende a extrapolar muchos de los presupuestos de sus discursos, artículos, reflexiones…

Esto puede parecer una obviedad: los desafíos del presente son otros; no es posible aplicar acríticamente soluciones de antaño a problemas actuales. Al menos, no sin someter esas soluciones a un riguroso escrutinio. Dominio del contexto. Dialéctica. Esas son condiciones indispensables a la hora de interpretar y aplicar un ideario.

En José Martí hay que buscar las esencias. Y no es cuestión de coser y cantar. Hay quien tiene a mano un rosario de frases martianas y las aplica indiscriminadamente ante cualquier situación. Muchas veces esas frases (entresacadas de un cuerpo mayor, integrador) devienen lugares comunes. Frases huecas, desprovistas de asideros.

Una lectura atenta y comprometida de la obra martiana debe convencer sobre la necesidad de profundizar ante cualquier desafío. Eso hizo siempre Martí. En los temas más polémicos, ante las divergencias sobre el rumbo que debería tomar la lucha independentista, él defendió su posición con sobrados argumentos; respaldándose, más que en el romanticismo que algunos no le perdonaron, en la factibilidad de los hechos.

No era José Martí un pragmático ladino, pero tampoco era un soñador irresponsable. Hay quien confunde idealismo con vocación ética. La ética para Martí no era casaca de quitar y poner: era puntal de un proyecto personal.

Sus propuestas —incluso las que más incomodaron a otros patriotas comprometidos con la causa— partían de una comprensión cabal del contexto, resultado de un análisis enjundioso de todas las variantes. Pero jamás hizo concesiones maquiavélicas.

Hay que leer a Martí. Hay que discutir a Martí. Es una responsabilidad de todos los que, de una manera u otra, asumen roles en la conducción de procesos políticos en este país. Pero debería ser también desvelo o aspiración de todos los ciudadanos. Y más que copiar y pegar, convendría aplicar ciertas lógicas de ese pensamiento.

La vigencia de Martí la deben garantizar sus epígonos. Y hay un considerable cuerpo teórico que actualiza las implicaciones de un pensamiento que, en buena medida, se adelantó a su época, pero que responde a las dinámicas de esa época.

El de Martí es el camino de la posibilidad permanente. Comprendiendo incluso los contornos referenciales que marcaron su itinerario, siempre hay elementos que pueden marcar derroteros. No hay que leerlos como se lee un mapa: es preciso recolocarlos en el actual tablero.

No sabemos con certeza cómo se hubiera conducido José Martí en las actuales circunstancias. Ese más bien es terreno de la ficción. O puro determinismo. Contamos, eso sí, con un extraordinario patrimonio político y literario. Y con la fuerza del ejemplo. Cuando José Martí cayó en Dos Ríos hace 127 años, murió el hombre, pero se consolidó el símbolo. Y el símbolo tiende siempre lazos a una realidad.   

Autor: Yuris Nórido

Tomado de CubaSí

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