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Martí, la imagen que nos une

Constituye Martí esa imagen que trasciende por su impronta revolucionaria. Autor: Enrique González Díaz Publicado: 18/05/2022 

Hay una Cuba llena de retratos, de estatuas esculpidas a la medida exacta, de performances a colores. Hay una Cuba que sin historia se muere. Y entre tanto adoquín que organizadamente se dispone a llevarnos al simbólico misticismo de la realidad; entre tanta gente mulata, negra, blanca, extrajera… renace sin disimulo una imagen que difícilmente alguien logre olvidar.

Este país corre con la suerte de tener un imaginario que más allá de tipificar, identifica. Sí, hablo de esos rostros inmortales que forman la belleza de un mural, la esencia de una galería de arte, la costumbre de nuestras escuelas o la vida perdurable de cada parte de la ciudad.

Y es que, a cualquier cubano la figura de Martí lo devuelve por completo a su origen. Desde una visión panorámica, quizá sea el rostro que por más tiempo ha trascendido y se ha replicado en diferentes maneras, dimensiones, texturas, matices. Porque, además, eternizarlo en la creación forma parte de la idiosincrasia artística; no es una mera coincidencia para reducirlo a un espacio estéril.

Desde dentro y en medio de los barrios, su estampa, quizá marcada por el polvo, la lluvia o la intemperie, permanece intacta. Nunca un rostro ha unido más a tantas personas en medio de lo cotidiano, en medio de grafitis y colores que pintan al personaje imperfecto —por qué no—, pero impoluto desde el pensamiento patrio.

Aunque llevarle flores al Maestro a veces parezca un gesto olvidado, y en algunas aulas los estudiantes carezcan de ese vínculo martiano profundo, lo cierto es que todos reconocen en su figura a ese símbolo nacional por excelencia al cual debemos venerar.

Entre estatuas y bustos al Apóstol cubano, en el mundo sobrepasan la centena. Se encuentran dispersas por toda Latinoamérica, Europa, África o Asia, porque la magnificencia de Martí se equipara a la de los grandes próceres y pensadores que ha dado el planeta.

Por sus profundas ideas latinoamericanistas, el retrato de nuestro Héroe Nacional encuentra un espacio perenne junto al libertador Simón Bolívar y a Benito Juárez, el benemérito de las Américas, y por su calibre artístico se le identifica con los grandes poetas de la región, como Rubén Darío y Walt Whitman, por citar algunos.

Constituye Martí esa imagen que trasciende por su impronta revolucionaria, por el carácter humanista de su sueño de unir cada punto de un continente bajo las mismas ideas independentistas, nacidas en el bregar de luchas sangrientas y dignas contra el coloniaje y el neocoloniaje que, aún en estos tiempos, se nos quiere imponer a cada instante. 

Luego de su muerte, la efigie de Martí nos acompaña plenamente. Aquella bala miserable que interrumpió su cabalgada en pos de una Cuba «con todos y para el bien de todos», no pudo tumbar de la historia su excelsa imagen, más allá de la piedra o el metal.

Autor: Rosmery Pineda Mirabal

Tomado de Juventud Rebelde

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