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Los abanderados del odio

El ridículo show tantas veces escenificado. De todos modos, el concierto de los Van Van se realizó con éxito. 

Mientras en La Habana se ofrecían con total normalidad conciertos en los que participaban músicos estadounidenses y cubanos residentes en la isla o en los Estados Unidos, en la Florida un grupúsculo intentaba boicotear las presentaciones de una emblemática orquesta cubana.

Da vergüenza ajena escuchar a esos manifestantes: sus insultos resumían los lugares comunes de la propaganda más agresiva y ramplona contra Cuba. La miopía política de esos individuos los lleva a calificar de «comunistas» (con toda la carga peyorativa que conlleva para ellos el término) a todo el que pretenda tener una relación normal con Cuba, su país de origen.

Es una miopía que tiene que ver, por cierto, con el extremismo de algunos de los políticos de la más rancia derecha estadounidense. El senador Marco Rubio, por ejemplo, califica de marxistas a todos los representantes en el Congreso que abogan por una muy limitada normalización de los vínculos de los Estados Unidos con Cuba o Venezuela. Delirio.

O es simpleza o es burdo cálculo político.

Lo cierto es que el discurso de ciertos sectores del llamado exilio miamense roza el ridículo. Y no por ridículo deja de ser nefasto.

Representa la radicalización de posiciones francamente reaccionarias. Y su lenguaje es por supuesto el del odio. Sin matices. Sin puntos medios: todo lo que de alguna manera se vincule con la institucionalidad en Cuba, aunque no tenga un carácter decididamente político, debe ser denostado.

«Cómplices», es uno de sus calificativos preferidos.

En momentos de evidente tensión bilateral, la cultura fue espacio de cierta confluencia entre los dos países. En momentos de arduo enfrentamiento ideológico, el arte tendió siempre puentes. Al igual que el deporte.

Pero estos sectores extremistas no creen ni siquiera en el rol conciliador de la cultura artística. Envalentonados por políticas aplicadas por décadas (fallidas, si se tiene en cuenta de que no se ha desmoronado el sistema en Cuba), lanzan dardos a cualquiera que abogue por el diálogo y el entendimiento.

El que no comulgue con sus posiciones es, sencillamente, un comunista. Y merece la agresión y el boicot.

Han insistido que en Cuba se politiza el arte, pero en Cuba no se le pregunta a ningún artista que llega de cualquier lugar del mundo cuál es su filiación política. En Miami en realidad tampoco lo suelen preguntar: si viene de Cuba y no ha hecho declaraciones incendiarias contra el gobierno cubano, es un enemigo.

El entramado del odio está instituido en buena parte de los medios de comunicación en español, que son beneficiarios de la industria anticubana. Y ciertos personajes de las redes sociales, que fueron siempre parte de la más banal farándula, ahora son referentes políticos.

Basta revisar esas redes: plataformas de la agresividad, la grosería, la violencia verbal. Son los abanderados del odio.

Pero son minoría. Más allá de divergencias políticas, muchos cubanos de las dos orillas se empeñan en consolidar vínculos. Puentes de amor. Apuesta decidida por la comunicación y el debate respetuoso.

Es posible una relación constructiva y armoniosa entre Cuba y su emigración. Se ha demostrado. El bando de los más consuetudinarios enemigos de la Revolución pretende dinamitar cualquier esfuerzo.

Ni siquiera se molestan en aparentar diplomacia. Creen en el chantaje, las presiones, los ataques… Creen en la violencia.

Es la pseudocultura del odio, que limita y denigra. 

Tomado de CubaSí

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