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«Él era un hombre que leía poemas»

Un lector incansable… El Che leyendo en el Congo. Foto: Centro de Estudios Che Guevara

Ernesto Guevara cumpliría este martes 94 años. Mucho se ha escrito sobre su extraordinaria proyección: es uno de los símbolos universales de la rebeldía virtuosa. Hombre de acción, organizador y pensador político… fue también un humanista, un hombre culto y sensible. Sobre esa arista, no menos importante de su itinerario vital, conversamos con su hija, Aleida Guevara.

—Cuando se acercan al Che, algunos ven primero su dimensión heroica y dejan en segundo plano su cultura y sensibilidad… ¿Cómo asumía el Che la cultura?

—Él de niño era muy asmático. Desde muy pequeñito tuvo crisis de asma muy severas. Si tenemos en cuenta que su infancia fue a principios del siglo pasado, supondrás lo difícil que era el tratamiento. Por lo tanto, muchas veces el papá lo mantiene en la casa, no iba a la escuela. Y eso hace que mi padre tuviera un hábito de lectura.

«Mi abuelo me decía —y sabes que los abuelos suelen exagerar mucho cuando hablan con sus nietos— que mi papá con 11 años ya había leído mil libros. No estoy muy segura de eso, pero lo que sí es cierto es que a los 17 años comienza a escribir un diccionario filosófico. Eso te demuestra que tenía un bagaje cultural extraordinario.

«Su libro de cabecera era El principito. O Don Quijote de la Mancha. ¿Y sabes qué otro libro leyó de muy joven? El capital. Él mismo decía que de esa primera vez no entendió nada. Pero después llegó a tener ejemplares de ese libro con señalamientos al margen, preguntándose: ¿y esto cómo lo hago en Cuba? O sea, no solo lo logra entender, también ensaya practicarlo en una realidad diferente.

«Eso es algo muy importante: para mi padre la cultura no era solo para mantenerla, sino para practicarla».

—¿Cómo se concretaba esa vocación?

—Él siempre decía que el verdadero revolucionario tenía que ser un hombre que supiera amar. Los verdaderos hombres de luchas, de combate, necesitan también una dimensión amable, tierna… algo que los haga sentir el amor necesario para asumir la vida y para arriesgar la propia vida.

«Mi papá leía poemas, desde siempre. Y además, se los recitaba a mi mamá. En la noche, cuando él regresaba de trabajar, él le leía poemas a mi madre. Y cuando él se va para el Congo, él le deja en su voz una grabación con esos mismos poemas. ¡Qué cosa tan hermosa! ¡Qué gesto! Hay muchísimos poemas en su voz. Pero, claro, son de mi mamá. Solo le pertenecen a ella».

—En medio de sus muchas ocupaciones, siempre encontró tiempo para compartir con escritores y artistas…

—Es que ese tiempo lo hacía crecer como ser humano. Siempre supo que la cultura era una de las cosas más importantes que tenía el hombre. Sin cultura, no eres capaz de disfrutar la belleza de la vida. Quizás te pasen cosas que tienes capacidad para evaluar. Así lo entendía él. Y para él siempre fue muy importante aprender. Todos los días mi papá estaba dispuesto a aprender y, por lo tanto, crecía como ser humano.

«Escuchaba mucho a los escritores, a los artistas. Y escuchaba mucho al pueblo, a la gente más humilde, porque él decía que allí había una cultura atesorada, que probablemente no estuviera en los libros, pero que era muy valiosa. No hacía distinciones en la cultura».

—¿Imaginaría que llegaría a ser un referente para tantos artistas?

—Creo que los hombres como el Che ni piensan en esas cosas. A él le gustaba hacer fotografías, y era muy buen fotógrafo. Imagino que todos los días se tendría que mirar en el espejo, él era muy buen mozo. Pero eso le resbalaba, esa idea de la trascendencia para el arte seguramente no le interesaba mucho.

«Incluso, en las fotografías uno lo ve bien vestido, pero esa era mi madre, a la que le preocupaba que estuviera siempre planchado, bien uniformado… pero a él le daba igual. No era un hombre presumido.

«Supongo que nunca imaginó que su foto (la de Korda) llegaría a ser un ícono universal. Te insisto: eso no le interesaba.

«Sé que es difícil llevar esa personalidad a las artes, a la plástica. Muy pocos artistas logran recrear esa mirada profunda, limpia. Esa pureza. Lo decía Nicolás Guillén en su poema: era un hombre puro, un hombre extraordinariamente limpio. Porque siempre trató por todos los medios respetar al ser humano. Y hacer su vida mejor cada día. Ese era el objetivo de su existencia».

Autor: Yuris Nórido

Tomado de CubaSí

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