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Juan Formell, un suceso extraordinario

Frente a Los Van Van, Formell se convirtió en un fenómeno de la música popular bailable. Foto: Archivo de Granma

Cuando un maestro de maestros con el rango de Juan Formell arriba a su 80 cumpleaños, todo nos conduce a celebrarlo. Contar con su arte y llevarlo consigo es un motivo de sano orgullo para el pueblo cubano.

Si bien estamos en tiempos en los que prevalecen nuevos referentes para la concepción de cómo debe sonar la música bailable actual, el legado de este creador conserva plena vigencia. Independientemente de que Samuel Formell, al frente de Los Van Van, no se haya descuidado de que tan honrosa herencia llegue a diluirse entre las presiones estilísticas de la moda, abordar el desempeño de Juan durante tantos años en la orquesta es como vislumbrar el origen de una leyenda.

No se puede explicar de otro modo el hecho de que, durante décadas, cada nuevo disco de Los Van Van despertara una expectativa tal que lo convertía en un fenómeno cultural en cada rincón del país. Pero lo sorprendente de semejante realidad es que no importa cuál escojamos entre los más de 20 discos realizados por Juan con la orquesta. Siempre se nos hace entrega de un racimo de canciones que incorporamos de inmediato al sitial sagrado del alma, aquel que resguarda los rasgos más caros de nuestra identidad.

Lo mismo en el álbum El negro no tiene na´, de 1988, que, en Disco Azúcar, de 1993, o con Chapeando, de 2004, aparecen canciones como Se acabó el querer, Que le den candela o Ven, ven, ven, que son auténticos testimonios de una obra que incide en el modo de asumir la propuesta de Juan Formell y Los Van Van: una profunda alegría por el gozo de sentirnos cubanos.

Se trata de esa eterna reverencia que le debemos a Juan por su talento para hacernos bailar con la intensa cadencia de un sabroso tumbao, cuyos imprescindibles condimentos solo habían logrado descifrar el pianista y compositor César Pupi Pedroso, y el percusionista José Luis Quintana, Changuito.

Obviamente, ese secreto nació con él y, por lo tanto, no es noticia referirnos al gesto de tener siempre presente al bailador en el momento de llevar las composiciones a la orquesta; pero quizá valga reiterar esa traza suya de recrear una cristalina sonoridad en la cual define claramente el desempeño de cada instrumento, del mismo modo en que nos llegan las voces.

Es la profesional búsqueda del buen gusto para inhibir cualquier elemento ajeno al exquisito terminado de cada obra en su conjunto. Incluso, en el estribillo más picaresco de las improvisaciones de Pedrito o de Robertón, predomina un elegante sentido del humor que acompañamos con nuestra picardía. A propósito de los cantantes, no importa de dónde estos procedieran con anterioridad. La poderosa magia de Juan los transforma en los entrañables personajes del universo vanvanero que tanto hemos disfrutado.

Sin lugar a duda, el privilegio de haber tenido a una figura de primer orden en la historia de la música cubana como Juan Formell en Los Van Van, constituye un suceso extraordinario.

Autor: Guille Vilar

Tomado de Granma

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