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Los buenos

En Matanzas, el coraje derrotó a la adversidad. Foto: Ricardo López Hevia

En un principio fue el fuego, el gran estallido. Un rayo surcó, sangriento, la noche matancera. Uno de los enormes tanques que almacenaba combustible se incendió. Hombres y mujeres, personas bravas, fueron al encuentro de las llamas, a contener a aquel monstruo ígneo para que no terminara devorando todo a su paso. En las primeras batallas fueron derrotados; varios de ellos murieron. Los que, a la distancia, íbamos conociendo de aquel feroz combate, empezábamos a caer en la cuenta de que aquel no era un fuego común. Corrían las primeras horas de uno de los peores desastres que haya sufrido nuestro país en su historia.

En Matanzas fue a congregarse lo mejor de Cuba: bomberos de todo el país, decididos a vengar a sus compañeros caídos con la irreversible muerte de las llamaradas; periodistas que nos llevaron de la mano entre el hollín, el miedo y el humo; el invaluable ejército de batas blancas, curando al herido, calmando a los familiares, poniendo el hombro para los que lloraban a las víctimas del siniestro. También estuvo en Matanzas algo de lo mejor de nuestra porción de humanidad: hermanos de México y de Venezuela que acudieron prestos al llamado de Cuba.

Varios días duró la guerra contra el fuego, pero finalmente el humo se hizo gris y luego blanco, las altas llamas fueron extinguiéndose. Los que amamos a Cuba nos permitimos un minuto de felicidad en medio del dolor por los fallecidos, en medio de la certeza de que, con el combustible perdido, todo sería en lo adelante aún más difícil. Fue una victoria, sí, otra más, aunque no la celebremos en solemne respeto a los que perecieron, aunque sepamos que nos quedan muchos retos y dificultades por superar.

Amén de su signo político aparente, los odiadores, los que nos agreden o son cómplices de nuestros agresores, no pueden reconocer siquiera esa victoria. Son personas de mala entraña que, en secreto o a voces, se alegraron por la potencia del incendio, por la estridencia de las explosiones; gente que invocaron al karma o a un supuesto castigo divino, merecido, ya sea por el proyecto de Código de las Familias o por las décadas del socialismo; frustrados y perdedores que vieron en la fuerza de la Naturaleza la única opción de obtener ese «cambio» para el que carecían de valentía e inteligencia.

Incapaces de celebrar el coraje de nuestros bomberos, dadores de azul, trataron de convertir el triunfo sobre la adversidad en Matanzas en una campaña contra el servicio militar obligatorio. Y sí, es cierto que luchando contra el fuego murieron excelentes hombres, de distintas edades y procedencias. Y también es cierto que, en estos tiempos, debemos repensar el servicio militar, no solo en su contenido, sino también en su carácter voluntario u obligatorio, tanto para hombres como para mujeres: no es lógico que seamos paladines de la equidad y sigamos validando ese tipo de distinciones. Pero lanzarse a esa campaña en estos precisos momentos no es otra cosa que abyecto oportunismo.

Cuando se escriba la historia de ese rayo que surcó sangriento la noche matancera, cuando se recuerde la terrible batalla entre la vida y la muerte, se leerá muy claro que no fuimos nosotros los ponzoñosos, los intrigantes, los tergiversadores; se verá, con perfecta nitidez, todo lo que nos distingue. No se puede ser bueno si se desea el mal para Cuba y a mí, aunque sea por un minuto en medio del luto, me alegra reconocerme en el bando correcto.

Autor: Michel E. Torres Corona | internet@granma.cu

Tomado de Granma

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