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La Cumbre de la Desunión: Crónica de un fracaso anunciado

Catalogada por algunos como la Cumbre de las Ausencias debido a estar marcada desde antes de su comienzo por el veto de EE.UU. a la participación de Cuba, Nicaragua y Venezuela, la IX Cumbre de las Américas, que recién finalizó en Los Angeles, resultó un rotundo fracaso para sus organizadores.

Convocada supuestamente para unir a los países que históricamente han conformado el patio trasero de Washington la IX Cumbre demostró, además de las grandes diferencias que sufre el continente en materia de integración estratégica y multilateral, la falta de liderazgo con que cuenta Estados Unidos en la región.

Según reportó la agencia EFE: 

«La IX Cumbre de las Américas supuso una piedra más en la historia americana de división regional, en la que se han creado una y otra vez grupos, comisiones u organizaciones a medida según los rumbos ideológicos del momento, haciendo imposible que América se adapte y adopte la ya ineludible geopolítica global de los grandes aliados».

Una prueba de esto último fue que durante el encuentro México, Argentina, Bolivia y El Salvador pidieron reestructurar instituciones que fueron pensadas para la integración como es el caso de la Organización de los Estados Americanos (OEA), sobre la que el presidente Fernández no vaciló en solicitar un cambio de su jefatura, en referencia a su secretario general Luis Almagro.

Para Jason Marczak, experto en América Latina del grupo de reflexión Atlantic Council, citado por AFP, estos comentarios «expresan una frustración con el sistema interamericano» y la necesidad de que «se renueve para ser aún más eficiente a la hora de responder a los temas prioritarios de las Américas de hoy en día que son muy distintos de lo que eran hace décadas».

En un artículo de opinión publicado en la prensa china el director ejecutivo del Instituto de Derecho de América Latina de la Universidad de Ciencias Políticas y Derecho de China, Pan Deng, considera que EE.UU. pretendía «dividir a las Américas por ideología», pero no esperaba encontrarse con el rechazo de diferentes Gobiernos. Ahora, los países latinoamericanos «se atreven a desafiar» a Washington y «esto refleja, sin duda, el continuo declive» de su hegemonía y «supone la sentencia de muerte para los intentos de la Administración Biden de dividir el mundo por ideologías y promover la confrontación por bloques».

Al mismo tiempo, la Cumbre dejó al descubierto las hipócritas contradicciones de Biden quien, mientras excluía a los «dictadores» latinoamericanos de la Cumbre, su equipo de seguridad nacional hacía preparativos para una posible visita a Arabia Saudí, un reino petrolero que el propio presidente había calificado de «paria»’ en los días iniciales de su campaña.

¿Cómo puede el presidente argumentar principios como razón para desdeñar a «dictadores» en su patio trasero cuando contempla reunirse con funcionarios saudíes que han empleado arrestos masivos y una violencia macabra para aplastar la disensión?, se preguntó, bajo condición de anonimato, alguien en la Casa Blanca familiarizado con la visita a Medio Oriente.

Como bien dijo Robert Guttman, profesor de relaciones internacionales en la Universidad Johns Hopkins, en otro comentario publicado en este sitio, la inconsistencia de Estados Unidos se reduce a un «cínico» interés propio. 

En una incongruente entrevista ofrecida a EFE al finalizar la Cumbre por Juan González, el principal asesor para Latinoamérica del mandatario Joe Biden, trató de justificar la exclusión de Venezuela, Cuba y Nicaragua con la existencia de un acuerdo tomado por la OEA en 2001 donde se establecía que solo los países que eran partidarios a la Carta Democrática serían invitados. 

Acuerdo que durante el gobierno del presidente Obama, del que Biden fue vicepresidente, fue -por lo visto, según Gonzalez-, violado flagrantemente durante la VII Cumbre de las Américas que se celebró en Panamá, en 2015, con la presencia del entonces presidente cubano Raúl Castro. 

En realidad la recién finalizada cumbre poco tiene que ver con la defensa estadounidense de la democracia, ni los derechos humanos ni con otroras acuerdos de la OEA, ni con la integración y, mucho menos, con  la prosperidad de los pueblos de América.

La Cumbre de las Américas solo sirvió para que el presidente Joe Biden expresara alto y claro que «la migración ilegal no es aceptable», uno de los principales problemas de la actual política interna norteamericana. No hace falta ser un experto para darse cuenta que, a estas alturas de la historia, ninguna limosna puede hacer desparecer la desigualdad provocada por la expoliación a la que, durante siglos, Estados Unidos ha sometido a sus vecinos al Sur del Río Bravo.

En la misma frecuencia figura la exclusión de los supuestos países dictatoriales que, a pesar de su ausencia, acabaron por robarse el show de Los Ángeles: otro malabar de la administración demócrata para complacer a las huestes trumpistas de la Florida con mira a las elecciones legislativas de 2022 y a su reelección en 2024.

A los fracasos de la desastrosa retirada del ejército de EEUU de Afganistán, la impotencia ante los tiroteos masivos y el atolladero inflacionario provocado por las sanciones impuestas por Estados Unidos en su guerra indirecta contra Rusia, el presidente Biden suma ahora el de la Cumbre de la Desunión latinoamericana.

No por gusto, y según acaban de revelar fuentes bajo anonimato citadas al The New York Times, hasta sus propios partidarios andan escépticos ante una nueva candidatura del actual mandatario.

Tomado de CubaSí

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